lunes, 4 de mayo de 2026
Sergio Pitol. El viajero. Trilogía de la memoria. Barcelona, Anagrama, 2007.
El género de la literatura de viaje es poco común en México. Las razones de ello son de tema colonial. La mayoría de los autores de este género fueron inicialmente hombres europeos en busca de aventuras y exotismo: los viajes a Medio Oriente de Flaubert; los autores románticos ingleses –Lord Byron y Shelley– en los Alpes, y luego en Italia y Grecia. Tan común eran estos viajes de aprendizaje, con el resultado de un cuaderno o libro que lo narrara, que Lawrence Sterne escribió en el siglo XVIII una parodia del género: Viaje sentimental por Francia e Italia. De sentimental no tiene más que el título. En el siglo XX llegaron muchos escritores a México por la inspiración del indio visto como una alternativa a la civilización racional europea (y con ello el consumo del peyote, los hongos y otras drogas).
El escritor mexicano cuando viajaba lo hacía por motivos que no coincidían con los tradicionales del género literario: educación, exilio político o económico, diplomacía. En todos los casos, estaba la posibilidad latente de ingresar y promover su obra en los centros culturales de Europa y Estados Unidos, que muchos –sino todos– aprovecharon. Por esto el libro de Pitol es excepcional. Narra un hecho extraordinario y lo hace con la originalidad formal y el dominio del lenguaje ameno e inteligente que logró desde El arte de la fuga.
Pitol viaja a la URSS en el momento del cambio político de la perestroika. Es un momento histórico extraordinario y él es testigo desde su posición de ecritor y diplomático. De hecho, quiere eludir este último título, pero las autoridades rusas no se lo permiten. Para ellos él sigue siendo un embajador (de México en Praga), y lo atienden como tal. Esta es una de las dicotomoías clave del libro: solemnidad y excentricidad. La Asociación de Escritores de Moscú y Leningrado son acartonadas, falsas y tristes, la de Tiflís, capital de Georgia, es la fiesta y el carnaval. Con este criterio da el salto, de manera muy velada, a la política: el único cambio posible renovador del comunismo se da desde la excentricidad. Pitol está en ese bando y lo festeja, y espera que triunfw.
El libro escenifica –como en “El oscuro hermano gemelo”– su génesis creativa. Una lectura de una ponencia sobre Lizardi, a la que asiste una mujer cuyo nombre parece ser Karapetian, sirve de inspiración para la creación de un personaje novelesco obsesionado con un ritual del bajo vientre; luego, una visita a una letrina pública en Tiflís le trae a la mente un recuerdo escatológico de infancia. Al término del viaje ha pensado ya en los dos protagonistas, la trama y un título tentativo de lo que será Domar a la divina garza.
Vida e imaginación se entretejen en su poética; vida y crítica en la estructura del libro. Además del recuento diario de su viaje, Pitol alterna en algunos capítulos la biografía de la poeta Marina Tsvietáieva: su exilio político en Berlín y París, sus disputas que terminan en ostracismo con la diáspora rusa, y su fatídico regreso a Rusia. Ella había cantado las glorias del ejército blanco y hasta de los zares. Toda su familia sufre encarcelamiento y, salvo su hija mayor, mueren. Ella, Marina, se suicida.
Pitol no ahonda esta vez en la crítica literaria de Marina ni de otros autores rusos que menciona, se interesa más en la anécdota. Inlcuso al final del libro incluye dos pasajes íntegros de las obras de Borís Pilniak y Nabokov. La estructura del libro es la que aporta el comentario. Yo entiendo su mensaje como que la literatura rusa es periférica y, no obstante, ingente y grandiosa, con autores tan extraños como Gógol y Pushkin; tan geniales como Chéjov; y tan diversos y excelentes como Pilniak, Pasternak, y claro, Tsvietáieva. Es una tradición vastísima, en la que él se incluye al final con el capítulo “Iván, niño ruso”. Al hacerlo no reniega de su tradición ni de su lugar de escritura. México es otra periferia. México no tiene una tradición de literatura de viaje. Cuando Pitol viaja a la URRS con un gran conocimiento de esa cultura, el otro deja de ser alguien exótico y se vuelve uno, el mismo. Esta asimilación no se da por medio del peyote ni del hongo, sino por la lectura, que tiene también efectos trascendentales.
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