jueves, 9 de julio de 2026

Thomas Mann, "La montaña mágica", España, Edhasa, 2017. La lectura de una novela extensa da una experiencia singular. El libro te acompaña durante semanas. Luchas contra él, te emocionas, no quieres dejarlo, te decepcionas y continuas, y casi siempre, el final es gratificante. Al menos por el hecho de que terminaste la novela. En el caso de Mann el desafío es difícil. Hay pasajes al inicio, a la mitad, en que no entiendes de qué va el asunto. Es una novela de mucho diálogo intelectual: las ideas no caducan, pero hay expresiones, prejuicios que sí, y los personajes más iluminados son racistas y machistas. Esto incómoda pero tampoco es raro en la literatura previa a la nuestra: digamos que es la norma. ¿Por qué leerla? Justamente por lo primero: nadie ahora se atreve a escirbir una novela con esa extensión, con esa aparente gratuidad. El misterio se revela por momentos, por toques, muy gradual, muy tenue. Por esto mismo, no me gustó le final. Nada peor que enteder la vida de Castorp en la montaña mágica como una alegoría de los años de Europa -belle epoque- previos a la guerra mundial. Hay guiños para esto: la discusión sin salida entre caballeros de Settembrini y Naphta, el hedonismo de la inmovilidad temporal del sanatorio, las formas de caballeros por encima de la acción. Pero no es una alegoría. Uno no lee mil páginas de alegoría. Es una inmersion en la magia de la montaña, una pérdida de la voluntad en el misterio de la palabra, la belleza natural, la belleza física, y la recreación de un mundo fuera del mundo exento de sus labores, una suerte de paraíso en el que sus personajes están condenados a repetir día tras día la misma rutina.

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